cubaNo es difícil comprender el júbilo y la esperanza del pueblo cubano y de  sus amigos por el anuncio de los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, de iniciar los pasos hacia el restablecimiento de relaciones  normales entre los dos países.

Menos aún sorprende si se conoce las negativas huellas que dejaron cinco y medio décadas de hostilidades de todo tipo, amainadas pero no desaparecidas,  provenientes del poderoso vecino del norte y que están presentes en todas las generaciones de ciudadanos de la mayor de las Antillas.

Cuando el Ejército Rebelde comandado por Fidel Castro enfrentaba la última ofensiva de verano de 1958 en las montañas orientales, las fuerzas militares de la tiranía continuaban recibiendo pertrechos,  aviones y metrallas para lanzarlas contra los  rebeldes y las poblaciones civiles de la serranía, suministradas por el gobierno de Estados Unidos.

Fue en esos meses que el Comandante en Jefe de la Revolución, indignado ante el dantesco espectáculo de bohíos humildes ardiendo por  bombas con las siglas USAF,   escribió a su ayudante Celia Sánchez una breve nota que para muchos constituyó un prefacio  de la gran batalla que se avecinaba.

“Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí la verdadera guerra, la que voy a librar contra ellos. Presiento que éste será mi verdadero destino”,  anotó Fidel.

No tendría que cumplirse el fatal augurio, ni era tampoco el deseo de los principales conductores de la Revolución, quienes  desde el inicio de la insurrección  contra la  tiranía  tuvieron el cuidado de conducir la lucha armada y política sin dejar a lo fortuito e improvisado la posibilidad de una intervención extranjera. El desconocimiento de la historia por algunos de  los más jóvenes luchadores, o el desespero por cambiar el orden represivo y las injusticias sociales, no justificaban se provocasen incidentes desagradables con los representantes del gobierno que aupó y mantuvo al golpista Fulgencio Batista.

En esencia, no se quería se repitiese la triste historia no tan lejana en esa primera mitad del siglo XX, cuando al Ejército Mambí, luego de haber luchado casi 30 años contra el poder de la metrópoli española y haberlo destruido física y moralmente, se  le impidió entrar a las ciudades cubanas liberadas,  luego se le obligó a desarmar y desintegrar.

A la naciente República se le impuso como condición la ominosa Enmienda Platt para no prolongar  la ocupación militar y administrativa del gobierno de Estados Unidos.

Más reciente aún estaba la experiencia negativa  del final  de la Revolución del 30, ocasión que propició el regreso de las cañoneras para imponer otra vez un gobierno mediocre auspiciado por Washington, servil a sus intereses y que abrió las puertas del país a la penetración total norteamericana sobre la codiciada isla .

PRINCIPIOS POR DELANTE

Es por ello que desde sus primeras palabras a la nación, luego de la huida del tirano y de sus más cercanos esbirros y colaboradores, Fidel  habló clara y llanamente, advirtiendo que esta vez el triunfo de la Revolución no podría ser escamoteado, ni los combatientes comprados y corrompidos, ni se admitirían traiciones ni acciones impunes para desmoralizar y dividir la unidad del pueblo.

La Revoluciónofrecía cumplir el proyecto democrático y revolucionario que prometió desde sus primeros manifiestos, sintetizado en el Programa del Moncada, donde de modo abarcador pretendía y cumplimentó en apenas los primeros 20 meses de ejecutoria revolucionaria, las primeras y justas demandas populares de llevar a la tribunales  a los criminales y sicarios que masacraron a obreros, campesinos y estudiantes .durante los años de la dictadura.

El pueblo demandaba y su Gobierno Revolucionario llevaba a cabo reforma agraria, empleo, viviendas decentes y económicas, cesar los abusos de los casateniente y propietarios de grandes empresas nacionales y de propiedad extranjera, acceso gratuito a la educación y a la salud, prosperidad y seguridad para la familia trabajadora, respeto a las pensiones y otros beneficios sociales.

Desde las primeras medidas revolucionarias, los antiguos benefactores y anfitriones de los personeros del régimen, comenzaron campañas de prensa  para estimular la división de las filas revolucionarias con el fantasma del comunismo, la defensa de  la propiedad privada y  las libertados individuales, supuestamente amenazadas por Revolución.

Enérgico en la defensa de la soberanía de la nación cubana, como tantas veces hubo que  hacerlo frente a provocaciones, ataques y peligros mayores, Fidel advirtió en uno de sus primeros discursos a solo 5 días de la entrada victoriosa en la capital.

“Somos serenos, somos ecuánimes, pero muy claros en cuanto a lo que es la dignidad de la nación cubana, en cuanto a lo que es la soberanía del pueblo cubano. Creo que este pueblo tiene los mismos derechos que otros pueblos a gobernarse, a trazarse su propio destino, libérrimamente, y de hacer las cosas mejor y más democráticamente de lo que lo hacen otros que hablaban de democracia  y le mandaban tanques Sherman a Batista…”

Y para que no quedara duda, ante una insinuación de una revista norteamericana de una posible intervención militar en Cuba, añadió dos días después:

”…Aquí no puede intervenir nadie, porque la soberanía no es una gracia que nos conceda nadie, sino un derecho que nos corresponde como pueblo…

“ Los derechos de nuestro pueblo habrá que respetarlos. ¿Por qué? Porque lo derechos hay que respetarlos y porque los sabemos defender con la palabra, con la razón , con los argumentos…Si hay intervención, hay resistencia a toda costa aquí, y una resistencia larga, y una resistencia invencible…”

El 16 de enero de 1959, en una concentración multitudinaria para responder a los  ataques desde el exterior que se incrementaban, reproducido muchas veces por la prensa capitalista en el país, incluso de algunos personeros del Congreso de Estados Unidos, el Jefe de la Revolución dejó sentado una vez más un  principio cardinal de las relaciones entre los Estados que a cincuenta y seis años de su proclamación parece tan aceptado como razonable.

“Si quieren relaciones amistosas que empiecen por no amenazar, porque no puede haber diplomacia detrás de la amenaza, porque eso es una humillación, una ofensa y una imposición.

“Y si quieren buenas relaciones con el pueblo de Cuba, lo primero que tienen que hacer es respetar su soberanía  y que no se vuelva a hablar nunca de si intervinimos o no, porque nosotros nunca estamos hablando de si intervinimos o no en los Estados Unidos ,y somos iguales, y tenemos los mismos derechos…”

Lo que Fidel sembró y Raúl desempeña con respaldo de todo el pueblo no es nada nuevo: Encontrar todo lo que nos une y beneficia , respeto a las diferencias, al derecho a sostener relaciones políticas, económicos y sociales  en base a nuestras políticas y principios, a discutir y discrepar civilizadamente, sin complejos de grandilocuencia  ni aires de inferioridad.

Paz para los pueblos y convivencia pacífica con el reconocimiento a los derechos al desarrollo de todos: grandes, medianos y pequeños…

Tomado de Cubahora

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