marti-jose-estatua-habanaCon el fuego enemigo cerca, el General Máximo Gómez le ordena: “Hágase usted atrás, Martí, no es ahora este su puesto”. Dicen que ante la ruda batalla que estaba presenciando, Martí desobedece los cuidados y se lanza hacia el enemigo con el ayudante del General Masó, Ángel de la Guardia, a quien dijo: “Vamos a la carga, joven”.

Cuentan que, guiado por el sonido de los disparos, el caballo del Apóstol se vuelve blanco fácil del fuego enemigo. Y cae el hombre inmenso con una bala en el pecho, otra en el cuello y una última en el muslo derecho. Dicen que de cara al sol, como siempre quiso, Martí se desploma. Pocas horas antes le había escrito a su amigo Manuel Mercado: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país…”, y allí estaba abatido, con la carta inconclusa doblada en la chaqueta.

Ahora que los días vuelven sobre sus pasos, y de nuevo amanece un 19 de mayo, 120 años después, aquella misiva sin terminar sigue descubriendo al genio nuestro, más allá del conocidísimo párrafo de “…en silencio ha tenido que ser”. Y entre sus luces salta otra verdad, la de la unidad, la unidad martiana, esa que se alza por encima de los escollos y alumbra urgente hasta hoy, cuando le nacen al tiempo tantas definiciones.

Entonces, le confiesa Martí al entrañable amigo: “Acabo de llegar. Puede aún tardar dos meses, si ha de ser real y estable, la constitución de nuestro gobierno, útil y sencillo. Nuestra alma es una, y la sé, y la voluntad del país; para estas cosas son siempre obra de la relación, momento y acomodos. Con la representación que tengo, no quiero hacer nada que parezca extensión caprichosa de ella”.

Así escribió el último día de su vida sobre la unidad de los cubanos, el alma única. Ese desvelo que lo acompañó y que definió el 30 de abril de 1892 en un artículo publicado en el periódico Patria, como “la unidad de pensamiento, que de ningún modo quiere decir laservidumbre de la opinión, essin duda condición indispensable deléxito de todo programa político”.

Precisamente detrás del nacimiento de Patria,el 14 de marzo de 1892, estaba ese deseo de unir a los suyos en torno a una buena causa. Anunciaba entonces Martí: “Nace este periódico, a la hora del peligro, para velar por la libertad, para contribuir a que sus fuerzas sean invencibles por la unión, y para evitar que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro desorden”.

Para ello diseña además, con manos de maestro, el Partido Revolucionario Cubano, que no era más que una ideología de la unidad, cuyo sujeto portador debía ser la nación cubana. Sobre él opina en las páginas de Patria: “…El Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible, sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”. De ahí que su táctica fuera la de “con todos y para el bien de todos”.

Basta ojear sus cartas para notar a flor de piel su preocupación por la unidad, porque la guerra precedente, la de los Diez Años, demasiadas lecciones había dejado al terminar con un claudicante Pacto del Zanjón, cuando aquellos mambises no supieron ponerse de acuerdo y ponderar la nación. Por eso, el 14 de mayo de 1895 define sus instrucciones a los jefes y oficiales del Ejército Libertador y deja claro que “…el pueblo de Cuba esta preparado para vencer en la guerra que ha vuelto a emprender para su libertad; pero será inútil tal vez su sacrificio, o costará demasiado sin necesidad, si todo el Ejército Libertador no obedece a la vez al mismo impulso, si no se hace en todas partes lo mismo a la vez, si no se lleva la guerra adelante con un pensamiento enérgico y claro. El valor suele resolver los encuentros aislados,pero solo el orden en la guerra y la unidad de pensamiento llevan a la victoria final”.

“A todos los que amamos de veras a nuestro país —decía el Apóstol a su amigo, a su hermano, Fernando Figueredo—, nos ha confundir, y nos confunde, un mismo abrazo; “el mayor de los criminales sería ahora en Cuba, quién pretendiese, con el encono de la preocupación o el disimulo de la intriga, prescindir de uno solo de los elementos que la historia de ayer, llena de sobrevivientes ilustres, y la historia de mañana, llena de compañeros desconocidos, pueden allegar para la creación en nuestra tierra de un pueblo feliz y libre”.

Y agrega finalmente Martí: “Yo, con mis modos de sigilo, porque lo que importa es hacer, aunque no se vea quién hace, me he dado entero a esta tarea de unión, y he de morir en ella, sólo sus enemigos lo son míos”.

Por eso, 120 años después, cuando más urge, Martí regresa siempre fiel, porque en él se asienta la guía que nos deberá seguir amparando en nuestra alma única. Porque no hay más vía, la historia lo ha demostrado, y se impone más que nunca esa unidad, dentro del mar de diversidad en que nadamos, para seguir andando la Cuba de todos

Tomado de Cubahora

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