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Emisora La Voz del Bayatabo.

Por Caridad de las M. Reyes Reyes.

Nací en Minas, un norteño y apartado poblado de Camagüey. Almaceno muchos recuerdos, pero aquel de percibir la luz del amanecer, primero con los oídos, es uno de los más gratos.

Mi padre, despertaba tan temprano que le daba el de pie al gallo, con acordes que me hicieron conocer, desde el inicio, mi identidad.

Once años atrás llegó a mí una nueva amiga. De inmediato me identifiqué con ella por lo paisano de nuestro origen. Joven como yo, aprendiendo a desandar caminos empinados sin dejar de hacer crecer sus raíces. Resultó ser mi fiel compañera y ahora es inseparable.

Comenzó dándome los buenos días con el BEF de la casa. En el camino a la escuela y luego al trabajo, me acompañaba con los radiecitos PIONEROS que llevaban los chóferes de las guaguas. La encontraba en los centrales azucareros, en las escuelas al campo, en el ranchón del club de la cooperativa, en fin, llegaba a cada rincón con su acostumbrada inmediatez.

Actualmente estoy mas cerca de ella, cada día recorro sus entrañas y algo me dice que le pertenezco. Sin embargo, su voz que no se apaga y que sumó de tres a seis horas recientemente la visita a cada hogar, tiene un tono más suave. Los medios para escucharla escasean, quienes tienen el tesoro de un radio se resisten a la idea de dejarlo morir.

Ya despierto en las mañanas y mi nostálgico oído la busca, la escucho haciéndole el cuento infantil a jorgito, mi pequeño vecino. Antes de salir para el círculo, le advierte sobre lavar bien sus dientes y tomarse todo el desayuno.

Lo despide con esa canción favorita. Luego hace de su frecuencia la de muchas voces mineñas, me actualiza noticiando a ritmo de música y hasta canta mexicano.

Hoy la encontré de cumpleaños, solo 11 y ya logró aglutinar un equipo formidable de soldados entusiastas, que no le aportan otra riqueza que vocación, sagacidad y ternura por una obra en la que han creído, con la alta responsabilidad de hacerla cada día, más atractiva, sofisticada y valiosa.

Ya no está la bocina del parque, no se si volverá a estar, pero el teléfono suena y la complicidad de una voz hace su reporte de sintonía. Los ojos brillan, las sonrisas afloran y viene a mi mente el sueño de envejecer a su lado, en una ciudad llena de radios que transmitan su señal, ese sonido para ver, acompañandome…

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