Por Marisol Acosta Pumariega.

Minas, 3 may. – Se enamoraron, se amaban profundamente, pero tenían un pequeño problema, no podían despedirse, ni decirse adiós.

Cada noche se veían en secreto, miraban la luna y no se despedían sin antes ver una estrella fugaz y pedir su único deseo: estar juntos por siempre.

Una noche mientras miraban al cielo, se sentaron junto a un río; el sonido del agua al correr les producía un estado de embriaguez mágico y encantador. En ese instante rodó una estrella por el firmamento. Tomás la vio y susurró algunas palabras: es hora de despedirse. A Margarita se le desgarró el corazón, no podía soportarlo, el hechizo del momento se escurría como fina brisa entre sus tiernas manos. Por un instante creyó que no volvería a ver más ese cielo lleno de colores.

Él se fue lejos en un viaje que a ella le pareció interminable; pero lo esperó por siempre. El amor entre ellos se solidificó: se casaron. Fueron a vivir a otra ciudad, hicieron su vida. De su gran pasión nacieron dos hijos, una niña y un niño. Aunque los tiempos eran difíciles, los criaron con amor y mucha dedicación, en un hogar lleno de felicidad.

Juntos escuchaban la lluvia caer, el juego de los niños, el aleteo de las palomas al volar en la desmesura del espacio azul celeste. Se amaron tanto que esa unión perduró por más de 60 años. Los hijos crecieron con el tiempo vinieron tres hermosos nietos a los que adoraron.

Él se enfermó, ella lo cuidó con denodado esmero, cariño y paciencia.

Hoy Tomás no está presente, es una gran estrella del firmamento. Margarita las mira todas las noches, con la esperanza de verlo en algún lugar; extraña su olor, ese que jamás desvanece, que la persigue a todos lados.

Tampoco olvida su comprensión y compañía. Estos dos eternos enamorados, Tomás Eugenio e Isabel Margarita son mis padres. El legado que dejaron me ha marcado tanto que lo hice llegar a mis hijos y estoy segura que mis nietos también participarán del mismo.

No tengo el menor reparo de compartirlo con las nuevas generaciones de mineños para que hagan de esta historia real, un espejo donde puedan reflejar sus comportamientos; porque a mí también me enseñó que la felicidad está en la sencilla manera de amar los detalles más pequeños de la vida, aparentemente insignificantes, pero con la suficiente fuerza para dejar un recuerdo tan intenso que dure toda la existencia de la humanidad.

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